Estoy orgullosa de no ser una médica recién recibida, porque ese no era mi sueño, sino el de mi vieja. Estoy empezando a encaminarme hacia la psicóloga irreverente que ya soy con mis amigos, a punto de zambullirme en el estudio de la naturaleza humana. Estoy orgullosa de ser la hermana desestructurada que les enseña a pelear, a enfrentarse a la vida, con confianza en sí mismos, a ponerse un forro, a aprender cuánto pueden tomar sin quebrarse, a no hacer nada que no quieran, a amarse como son. Estoy orgullosa de ser la hija que confronta a papá cada vez que se pone en pelotudo. La nieta que acaricia a su abuela y le demuestra todo el tiempo que la quiere, aun a pesar de sí misma, de la brecha intergeneracional. Estoy orgullosa de no ser una muñequita de torta, de saber ser lo suficientemente puta como para hacerlo gozar, de enfrentarlo a sus mierdas para que pueda caer parado, o levantarse, de saber cuándo aflojar y mimarlo después de la tormenta de palabras. Estoy orgullosa de siempre hacer algo, aún a riesgo de equivocarme. Pero duele. Duele que se cierren tantas puertas, pensar que ahora mismo estaría llegando al laburo. No sirve de nada la autocompasión, pero la semana pasada no me derrumbé simplemente porque estaba con él, y aun así me rayé el viernes y lo maltraté. Creo que voy a dejar de escribir unas líneas mas abajo, hace un rato me encontré con la adolescente que solía ser, y no puedo menos que llorar, hacer el duelo, reconocer mi incipiente adultez, dejarme de joder.
Tengo miedo, pa. Dejame la luz prendida.
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